domingo, 29 de mayo de 2011

Maurizio Cattelan





Maurizio Cattelan, Padua, Italia, en 1960, vive y trabaja en Nueva York.

Arte y  provocación:
Su obra es  irreverente, irónica y crítica con la sociedad en general y con el mundo del arte contemporáneo en particular; reflexiona sobre las miserias de la condición humana, se burla incluso de sí mismo.
Pero sus obras no son bromas, pretenden ser reflejos de nuestra sociedad: racismo, guerra, injusticia, comedia y tragedia,  vida y muerte.
Hay un deseo de violentar a determinados sectores del público como El Cristo de los orines de Andrés Serrano.
Pienso que su éxito se debe a esa provocación, al escándalo que genera con sus imágenes impactantes que producen cierto rechazo, y por supuesto, a la divulgación inmediata de los medios que las difunden, conscientes de tener una audiencia ávida de sensacionalismos.
Es un arte narrativo que no necesita matices de estilo y eso hace que para el espectador sea más fácil identificarla aunque la realidad vaya más allá de lo obvio.
De alguna manera participa de la cultura del espectáculo, son obras ruidosas de difusión rápida; por otro lado mantiene el anonimato frente a los medios puesto que no concede entrevistas, no habla de su obra; esto le añade misterio y morbo.

sábado, 28 de mayo de 2011

Walter Benjamin (Aura)


DISCURSOS INTERRUMPIDOS” EN LA OBRA DE ARTE EN LA ÉPOCA DE SU REPRODUCTIBILIDAD TÉCNICA.

Walter Benjamin ( Berlín 1892 – Portbou, Gerona 1940 )


Marx quería intentar que su análisis de la producción capitalista tuviera valor de pronóstico, lo que en el futuro pudiera esperarse del capitalismo: no sólo una explotación creciente del proletariado sino el establecimiento de condiciones que posibilitan su propia abolición.
En el cambio de las condiciones de producción de la cultura, podemos situar una tesis acerca de las tendencias evolutivas del arte bajo las actuales condiciones de producción. Dichas tesis dejan de lado una serie de conceptos heredados -creación, genialidad, etc-
La obra de arte ha sido siempre fundamentalmente susceptible de reproducción. La reproducción técnica de la obra de arte es algo nuevo que se impone en la historia intermitentemente: los griegos conocían las técnicas de fundir y acuñar; la xilografía y la imprenta en el siglo XV, así como el grabado en cobre y el aguafuerte durante la Edad Media; posteriormente, en el siglo XIX, la litografía. Con esta técnica, la reproducción alcanza un grado fundamentalmente nuevo. El procedimiento dio por primera vez al arte gráfico no sólo la posibilidad de poner masivamente sus productos en el mercado, sino la de ponerlos en figuraciones cada día nuevas. Pero en estos comienzos fue aventajado por la fotografía. El ojo es más rápido captando que la mano dibujando.
Hacia 1900 la reproducción técnica había alcanzado un standard en el que no sólo comenzaba a convertir en tema propio la totalidad de las obras de arte heredadas, sino que también conquistaba un puesto específico entre los procedimientos artísticos.
Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia en el lugar en que se encuentra. El aquí y ahora del original constituye el concepto de su autenticidad. Las circunstancias en que se ponga el producto e la reproducción de una obra de arte, quizá deje intacta la consistencia de ésta, pero en cualquier caso deprecian su aquí y ahora.
La autenticidad de una cosa es la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella, desde su duración material hasta su testificación histórica. A todo esto podemos llamarlo aura, que es lo que se atrofia en la reproducción técnica de la obra de arte. La técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pones su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible; y confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir al encuentro de cada destinatario. Su agente más poderoso es el cine.
El modo y manera en que se modifica la percepción sensorial, están condicionados natural e históricamente. Si las modificaciones en el medio de la percepción son susceptibles de que nosotros, coetáneos, las entendamos como desmoronamiento del aura, si que podremos percibir sus condicionamientos sociales.
El concepto de aura de objetos naturales, diferente al de temas históricos, es la manifestación irrepetible de una lejanía. El desmoronamiento del aura estriba, entre otras causas, en el acercar espacial y humanamente las cosas, aspiración de las masas tan apasionada como su tendencia a superar la singularidad de cada dato acogiendo su reproducción. Y la reproducción se distingue inequívocamente de la imagen. Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la firma de una percepción cuyo sentido ha crecido tanto que, por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible.
La unidad de la obra de arte se identifica con su ensamblamiento en el contexto de la tradición, siendo su expresión más clara en el culto. Es de decisiva importancia que el modo aurático de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función ritual: el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil.
Al irrumpir el primer medio de reproducción de veras revolucionario, la fotografía, el arte sintió la proximidad de la crisis, y reaccionó con la teoría de “l'art pour l'art”, que a su vez dio en la idea de un arte “puro”, que rechaza cualquier función social, además de toda determinación por medio de un contenido objetual. Por primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual. En el mismo instante en que la norma de al autenticidad fracasa en la producción artística, se transforma la función íntegra del arte; aparece su fundamentación en la política.
La recepción de las obras de arte sucede bajo diversos acentos. Uno de esos acentos reside en el valor cultural, otro en el valor exhibitivo de la obra artística.
La producción artística comienza con hechuras que están al servicio del culto. Es más importante que dichas hechuras estén presentes y menos que sean vistas. A medida que las ejercitaciones artísticas se emancipan del regazo ritual, aumentan las ocasiones de exhibición de sus productos.
Con los diversos métodos de reproducción técnica han crecido en grado tan fuerte las posibilidades de exhibición de la obra de arte, que el corrimiento cuantitativo entre sus dos polos se torna en una modificación cualitativa de su naturaleza.
En la fotografía, el valor exhibitivo comienza a reprimir en toda la línea al valor cultural; pero con un foco de resistencia, y es que en los albores de la fotografía el retrato ocupa un puesto central, el culto al recuerdo de los seres queridos. Pero cuando el hombre se retira de la fotografía, se opone entonces, superándolo, el valor exhibitivo al cultural.
Durante el siglo XIX se mantuvo una disputa entre pintura y fotografía en cuanto al valor artístico de sus productos.
Pero las dificultades que la fotografía deparó a la estética tradicional fueron nimias comparadas con las que le plantearía el cine. Obligados por su empeño en ensamblar el cine en el arte, teóricos como Abel Gance, Séverin-Mars, Alexandre Arnoux, ponen en su interpretación elementos culturales.
Para Werfel, la copia estéril del mundo exterior, con sus calles, sus interiores, sus estaciones, sus restaurantes, etc, es lo que hasta ahora ha obstruido el camino para que el cine ascienda a la categoría de arte.
El actor de teatro presenta él mismo su ejecución artística; sin embargo el actor de cine lo hace por medio de todo un mecanismo. Esto tiene dos consecuencias. La primera es que la actuación del actor está sometida a una serie de test ópticos. La segunda es que el actor se ve mermado en la posibilidad de acomodar su actuación al público durante la función. El espectador toma la actitud del experto que emite un dictamen sin que para ello le estorbe ningún tipo de contacto personal con el artista. Y esta no es una actitud a la que puedan someterse valores culturales.
Al cine le importa que el actor se represente a sí mismo ante el mecanismo. El cine sonoro no ha introducido en este orden ninguna alteración fundamental. Sigue siendo decisivo representar para un aparato. Por primera vez llega el ser humano a la situación de tener que actuar con toda su persona viva, pero renunciando a su aura. Porque el aura está ligada a su aquí y ahora. Del aura no hay copia. Lo peculiar del rodaje cinematográfico consiste en que los aparatos ocupan el lugar del público.
El artista que actúa en escena se traspone en un papel. Lo cual se le niega frecuentemente al actor de cine. Su ejecución no es unitaria, sino que se compone de muchas ejecuciones. Son necesidades elementales de la maquinaria las que desmenuzan la actuación del artista en una serie de episodios montables.
Ni un solo instante abandona al actor la consciencia de ello. Mientras está frente a la cámara sabe que en última instancia es con el público con quien tiene que habérselas: con el público de consumidores que forman el mercado.
A la atrofia del aura el cine responde con una construcción artificial de la personalidad fuera de los estudios; el culto a las “estrellas”, fomentado por el capital cinematográfico, conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, a la magia averiada de su carácter de mercancía.
Es propio de la técnica del cine, igual que la del deporte, que cada uno asista a sus exhibiciones como un medio especialista.
Durante siglos las cosas estaban así en la literatura: a un escaso número de escritores se enfrentaba un número de lectores mil veces mayor. Con la creciente expansión de la prensa una parte cada vez mayor de esos lectores pasó del lado de los que escriben. La distinción entre autores y público está por tanto a punto de perder su carácter sistemático. Se convierte en funcional y discurre de distinta manera en distintas circunstancias.
El rodaje de una película representa un proceso en el que es imposible ordenar una sola perspectiva sin que todo un mecanismo interfiera en el campo visual del espectador. Esta circunstancia hace que
las semejanzas que se dan entre una escena en el estudio cinematográfico y en las tablas, resulten superficiales y de poca monta. El teatro conoce el emplazamiento desde el que se descubre que lo que sucede es ilusión. En el rodaje de una escena cinematográfica no existe ese emplazamiento; el mecanismo ha penetrado tan hondamente en la realidad que el aspecto puro de ésta no es más que el resultado de un procedimiento especial. En el país de la técnica la realidad inmediata se ha convertido en imposible.
En este sentido, podemos preguntarnos por la relación entre el operador de cámara y el pintor.
El pintor observa en su trabajo una distancia natural para con su dato; el cámara se adentra hondo en la textura de los datos. Las imágenes que obtienen ambos son enormemente diversas. La del pintor es total y la del cámara múltiple, troceada en partes que se juntan según una ley nueva. La representación cinematográfica de la realidad es para el ser humano actual incomparablemente más importante, puesto que garantiza un aspecto de la realidad despojado de todo aparato, exigible a la obra de arte.
La reproductibilidad técnica de la obra de arte modifica la relación de la masa con el arte. Esta vinculación es un indicio social importante. Cuanto más disminuye la importancia social de un arte, tanto más se disocian en el público, la actitud crítica y de disfrute.
En el público del cine coinciden la actitud crítica y de disfrute. Las reacciones de cada uno, cuya suma constituye la reacción masiva del público, jamás han estado como en el cine tan condicionadas de antemano por su inmediata, inminente masificación. Y en cuanto se manifiestan, se controlan.
El cine ha enriquecido nuestro mundo perceptivo con métodos que de hecho se explicarían por los de la teoría freudiana.
El cine indica la situación de manera más precisa que la pintura, y esto es lo que constituye su mayor susceptibilidad de análisis frente a la pintura; respecto de la escena, dicha capacidad está condicionada porque en el cine hay también más elementos susceptibles de ser aislados. Tal circunstancia tiende a favorecer la interpretación recíproca de ciencia y arte. Una de las funciones revolucionarias del cine consistirá en hacer que se reconozca que la utilización científica de la fotografía y su utilización artística son idénticas.
La naturaleza que habla a la cámara no es la misma que la que habla al ojo. Es sobretodo distinta porque en lugar de un espacio que trama el hombre con su consciencia presenta otro tramado inconscientemente. Por su virtud experimentamos el inconsciente óptico, igual que por medio del psicoanálisis nos enteramos del inconsciente impulsivo.
Provocar una demanda cuando todavía no ha sonado la hora de su satisfacción plena, ha venido siendo desde siempre uno de los cometidos más importantes del arte.
De ser una apariencia atractiva o una hechura sonora convincente, la obra de arte pasó a ser un proyectil. Chocaba con todo destinatario. Había adquirido una calidad táctil, con lo cual favoreció la demanda del cine.
Comparemos el lienzo sobre el que se desarrolla la película (pantalla) con el lienzo en el que se encuentra una pintura. Este último invita a la contemplación; en cambio no podremos hacerlo ante un plano cinematográfico; apenas lo hemos registrado con los ojos y ya ha cambiado, no es posible fijarlo. Y en ello consiste el efecto del cine que pretende ser captado gracias a una presencia de espíritu más intensa.
La masa es una matriz de la que actualmente surte todo comportamiento consabido frente a las obras artísticas. La cantidad se ha convertido en calidad
Las masas buscan disipación, pero el arte reclama recogimiento. Es un lugar común; pero debemos preguntarnos si da lugar o no para hacer una investigación acerca del cine.
Disipación y recogimiento se contraponen hasta tal punto que permiten la siguiente formulación: quien se recoge ante una obra de arte se sumerge en ella; por el contrario, la masa dispersa sumerge en sí misma a la obra artística.

Jeff Koons



Jeff Koons

Cuando nacen las vanguardias, en la segunda mitad del siglo XIX, en el contexto de las revoluciones industriales europeas, también nace un concepto que los alemanes llaman kitsch, entendiéndose como una cultura artística de inferior categoría, diseñada para el consumo de una población alfabetizada cada vez en aumento, pero que no puede optar al consumo de la cultura formal, perteneciente a las clases dirigentes.
En el arte la fascinación por lo trivial nace con el pop art o arte popular en un intento de establecer contacto con el gran público que había sido excluido por la intelectualidad. El término se aplica a todo, desde la música, los estilos de peinado, el cine, la publicidad.
El artista Richard Hamilton en su cuadro titulado ¿Y qué es lo que hace a los hogares de hoy en día tan diferentes, tan atractivos?  (1956) nos refleja los gustos de una cultura de masas, una crítica irónica con respecto a los símbolos de opulencia americanos; en este sentido irónico nos recuerda la herencia del dadaísmo.
Más acordes con la definición del pop art, podemos citar a Roy Lichtenstein o Andy Warhol que presentan una renuncia a la expresividad y al toque personal a favor de un estilo impersonal y una limitación temática a los artículos de consumo comerciales existentes y a la imaginería de los medios de comunicación de masas, así como la renuncia a toda ideología, crítica y referencia metafórica.
Nunca en ninguna época pasada ha habido una proliferación y exhibición tan grande de los signos y emblemas  kitsch como en nuestro mundo cotidiano, en el que conviven con la audacia del signo contrario.
Jeff Koons aparece en los años 80 con sus conejitos, cerditos y Cicciolinas y demás réplicas decorativas de objetos de consumo en acero inoxidable, porcelana, vidrio….etc. Koons representa el reflejo Kitsch de lo trivial de una sociedad. Surge a través de la publicidad (utiliza los servicios de una agencia de publicidad para promover su imagen)  como estrella mediática, apoyado por las maquinaciones del mercado artístico y se hace un hueco sorprendentemente importante.
Utiliza objetos populares, cotidianos, vulgares y coloristas de los que encarga una réplica en grandes tamaños para dar una apariencia más efectista. Y así sobredimensionados los dispone en galerías bien iluminadas y otros lugares de culto para despojarlos de su antigua función como hiciera Duchamp en otros tiempos.
Otros tiempos y otra cosa porque lo que Duchamp  presentaba como gesto de rebelión, era una provocación con una carga crítica e irónica que planteaba la desacralización del arte, cuestionando el valor que el arte había tenido hasta ese momento. Esta era una batalla que nada tenía que ver con las manifestaciones fuera de tiempo, populistas, oportunistas, banales y pobres de un personaje tan ridículo y superficial como Jeff Koons que se vende a sí mismo y que  representa junto con sus promotores la auténtica manipulación del gusto en directa relación con el consumismo y el capitalismo.


viernes, 27 de mayo de 2011

Exposición Joan Hernández Pijoan

EXPOSICIÓN
 Joan Hernández Pijoan, ( Barcelona, 1931 – 2005) 
 

Me encuentro en la sala de exposiciones del Palacio de la Madraza, en una muestra organizada por el Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada.
Se trata de una exposición monográfica que revisa la trayectoria del artista catalán Joan Hernández Pijoan; más de cincuenta obras realizadas entre los años 1986 y 2005.
Pinturas y dibujos de diferentes tamaños se reparten por las tres salas de este espacio expositivo con un común denominador que es la concreción. Hay en general un gusto por lo monocromático. Una gran mayoría hacen referencia al paisaje con una factura figurativa, aunque, no representativa. Más bien se trata de imágenes primordiales y minimalistas. Así tenemos fragmentos de paisajes sobrios y silenciosos, sin horizonte, paisajes de tierras planas, dibujos en papel japonés donde prima lo esencial, el vacío.
En las pinturas de mayor formato acota el espacio, nos  remarca los límites para destacar el fondo como  protagonista, con sus empastes y pinceladas que se van superponiendo, se convierte así en el tema principal del cuadro; el espacio es más importante que lo representado.






sábado, 5 de marzo de 2011

Markus Lüpertz

Markus Lüpertz 

 

Markus Lüpertz no soporta los lienzos en blanco, por eso puede llegar a pintar varios cuadros en un solo día:”empiezo tantos cuadros como telas tenga en mi estudio, es algo interno que me impulsa a liberarlos”.
Lüpertz nos habla de la técnica,”el exceso de técnica te hace contenido”; pero él la domina ampliamente, eso le permite trabajar deprisa y pintar cinco cuadros en treinta minutos.
Es un artista temperamental que trabaja con gran furor, con gestos decididos y pinceladas violentas cargadas de materia, una forma de trabajar muy impulsiva que va generando progresivamente desorden, suciedad y caos a su alrededor.
Nos cuenta cómo parte de un objeto figurativo que simplifica en una forma geométrica, llegando hasta la destrucción total de la forma reconocida. Se considera un pintor abstracto que enriquece sus obras con objetos reales.
Son cuadros comenzados como heridas abiertas que orienta en diferentes direcciones para, después, acabarlos con las ideas que le van surgiendo a lo largo del día. Es el aspecto emocional el que precede a la reflexión.
En este proceso, pinta y tapa lo pintado completamente una y otra vez, la obra sufre una metamorfosis total. Lüpertz quiere sorprenderse y sorprendernos, por eso destruye las cosas que reconoce que ya ha pintado en otros cuadros porque ya no satisfacen su curiosidad, busca no repetirse así mismo.
Lüpertz posee planteamientos estéticos propios; también le inspira la memoria, se siente atraído por el arte antiguo y rememora el pasado: “ porque todo lo que se nos transmite de la antigüedad tiene una calidad muy alta sin que conozcamos todos los artistas que había. Hay muchísimos trabajos de muy alta calidad de los que no sabemos el autor. Ahí se puede detectar calidad. Y eso sí que me fascina. El problema de cualquier arte vivo siempre es la definición de la calidad”.
Markus Lüpertz, profesor, pintor, escultor, poeta y músico de jazz, se considera un alemán típico, le gusta ir bien vestido y bien arreglado; le gusta el lujo y piensa que el artista debe de ser pobre pero por exceso de alegría y gastos que hacen que se arruine continuamente. Para él el arte es la vida "el antídoto contra la fatalidad del tiempo es renovar las esperanzas de la vida de cada día, pintando o esculpiendo".


Markus Lüpertz nació en Liberec/ Reichenber (Bohemia), en 1941, ocupada entonces por el ejercito nazi y actualmente República Checa. Tras la guerra, se trasladó a Alemania con su familia, donde inició su formación artística en la Escuela de Artes Industriales de Krefeld, siendo alumno de Laurens Goosens, y más tarde en la Escuela de Bellas Artes de Düsseldorf, hasta 1961. En 1962 se trasladó a Berlín donde comenzó a interesarse por la historia del arte europeo y fue desarrollando su propio universo de imágenes que derivó en su llamada "Pintura ditirámbica" palabra que nos remonta al canto y danza frenética que se organizaba en la antigua Grecia en honor a Dionisio.
En 1964 fundó la galería Goagorschen 35 en Berlín y dos años después publicó el "Manifiesto ditirámbico", en el que intentó definir la celebración exaltada de la fusión del hombre con la naturaleza.
En la década de los 70, junto con Georg Baselitz, Anselm Kiefer, Karl Horst Hödicke, A.R.Penck, Jörg Immendorf, entre otros, forma parte del movimiento Neoexpresionista alemán o los Nuevos Salvajes (Die Neue Wilden); un grupo heterogéneo que promueve un retorno al lienzo, al gesto y a la expresividad de la pintura.
En esa época rompe con el tabú germánico, al abordar la guerra y los mitos arios en naturalezas muertas con mensajes metafóricos “Cascos hundiéndose”, y la serie de pinturas en “ negro, rojo, oro “, los colores de la bandera.
A partir de los 80, experimenta con el volumen y la escultura en bronce policromado, tallas distorsionadas de la figura humana. Al insistir en lo figurativo no pretende aprehender la realidad sino abstraer su esencia.


                                                                                Aphrodite
                                                                             Markus Lüpertz 2000






lunes, 29 de noviembre de 2010

DE LAS VANGUARDIAS AL ESPECTÁCULO

Breve reseña a la conferencia sobre las vanguardias artísticas del siglo XX dada por Eduardo Subirats, Barcelona 1947 ( filósofo, autor de varios ensayos teóricos y periodísticos) .
En esta conferencia, Subirats nos muestra una visión sintética sobre el significado de las vanguardias desde el punto de vista de su influencia y concepto estilístico y social.
Comienza con una critica a una cita de Antoni Tapies que utiliza como marco de referencia.
Tapies señala que la lucha por la modernidad dista mucho de estar ganada, que los grandes maestros importantes han sembrado ya su labor, y que estamos muy lejos de que la humanidad adquiera una visión moderna y progresista.
En opinión de Subirats, Tapies defiende la modernidad como un más allá mejor. Añade que Tapies no es un representante de la modernidad y le atribuye una construcción política nacionalista. Afirma que la resacralización de la obra de arte y la construcción nacionalista son ajenas a la construcción de Vanguardia, y añade que la vanguardia se defendió como una actitud de crítica, nunca como una visión de más allá.
Subirats hace referencia a la Vanguardia como algo contradictorio, ambiguo, una historia turbulenta de pasos adelante, pasos atrás. Nos habla de una Vanguardia militar, avanzadilla por su capacidad de destrucción, de carácter negativo y nihilista que fue más tarde concepto político stalinista. Vanguardia, dirigentes de destrucción de un orden tradicional para construir otro también totalitario.
En este sentido, es mejor que salve a Tapies de ser representante de la modernidad.
Para relacionar a Tapies con la modernidad, resulta más acertada la definición que de esta nos deja Octavio Paz; “Su fundamento es el cambio, su vista está puesta en el futuro, sus características centrales son la heterogeneidad, la autosuficiencia, la pasión crítica, la negación del pasado a la vez que afirmación de algo distinto y la aceleración del tiempo histórico”.
Subirats distingue dos corrientes opuestas y diferenciadas en las vanguardias:
Una de tradición racionalista; ligada al poder de la civilización como son la ingeniería, la arquitectura y el urbanismo: tradición racionalista ilustrada, cartesiana ( el cubismo); y de racionalidad estética ( Mondrian, Le Corbusier, La Bauhaus).
La otra de tradición romántica; ligada a la poesía, el cine, la literatura, (el expresionismo, el surrealismo). Destaca el surrealismo como una llamada general a combatir la tiranía de la razón en nombre de un lenguaje automático no sacralizado.
La modernidad definida por las vanguardias tiene que ver con la racionalidad, el funcionalismo calvinista, el progreso, el estado del bienestar, el antifascismo. Esto es así por la acción propagandística que se realizó en una exposición ( 1947 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York), que reunía todas las obras que el Nacional Socialismo alemán había decretado como degenerado, y que el stalinismo había desplazado como arte oficial en favor de un realismo propagandístico. Con el título “estilo internacional”, en Estados Unidos, país que abandera internacionalmente el ideal moderno de democracia, (dos años después de liquidar la guerra con dos bombas atómicas).
Subirats señala algunas páginas oscuras y críticas que hacen que este cuadro idílico se vuelva nebuloso. Hace referencia a la película Metrópoli de Fritz Lang , que nos muestra el concepto apocalíptico expresionista junto al antídoto, el mesianismo, el concepto mesiánico de artista salvador. Sostiene que ese concepto escapa a un modelo de sociedad racionalizada y democrática.
Destaca el movimiento futurista como elemento básico de la violencia, defensores de la guerra como higiene del mundo. Compara el empleo del Neoplasticismo de Mondrian con la agresividad literaria y fascista de Marinetti.
Subirats hace una referencia a los críticos del arte y cita el libro de Ortega, La deshumanización del arte positivamente destacando su acogida a nivel mundial, añade que la crítica antihumanista no puede desecharse en este contexto. (En este sentido, Ortega destaca el placer artístico o plástico que emana del triunfo sobre lo humano; en el sentido de buscar la fuga de todo lo humano que nos destruye).
Por ultimo habla de los nuevos medios de comunicación de masas, que al estar al alcance de todos, son capaces de crear una nuevo mundo de valores universales, cuyo destino es transformar la existencia humana ( lo mismo que pensaban los vanguardistas), crear un nuevo hombre, como un inmenso programa planetario.
“Yo soy yo y mis circunstancias”...Yo soy mis circunstancias y yo.
“Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo autoimpuesto en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción(...) masas que han alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes”.
Noam Chomsky El control de los medios de comunicación.